martes, 14 de mayo de 2013




¿Chavismo sin Chávez?

Rubén Martínez Dalmau
Profesor de Derecho Constitucional de la Universitat de València
Fue asesor de la Asamblea Constituyente de Venezuela en 1999

"Juro delante de Dios, juro delante de la patria, juro delante de mi pueblo
que sobre esta moribunda Constitución..."
Hugo Chávez. Toma de posesión. 2 de febrero de 1999



Los que conocen bien la trayectoria de Hugo Chávez hacen notar la poca lealtad que le mostraron sus compañeros de viaje. Podemos coincidir o no sobre si se rodeaba de los más capacitados, pero un vistazo hacia atrás desde la época del Samán de Güere o del árbol de las tres raíces hasta los momentos cercanos a su fallecimiento no habla muy bien acerca de la capacidad de Chávez para consolidar lealtades. Compañeros de armas como Baduel o Urdaneta protagonizaron sonoros alejamientos; Arias Cárdenas, después redimido, se presentó como candidato contra Chávez en las elecciones presidenciales de 2000; Miquilena, el Presidente de la Asamblea Constituyente, acabó dándole la espalda cuando los vientos no parecían correr a favor del chavismo; el presidente de la Comisión Constitucional, Escarrá, fue el primero en plantear una enmienda a la Constitución cuando ésta prácticamente aún no había entrado en vigor. La lista es larga, e incluye militares, académicos, y líderes políticos y sociales a decenas.

Alguien que puso patas arriba el sistema y acorraló a la partidocracia adeca y copeyana ¿podía tener tan mal ojo político? No lo creo. O tal vez si. Chávez, en petit comité, recordaba las traiciones -Santander, San Martín...- de las que fue objeto Bolívar, quien no vivió un momento de tranquilidad ni durante sus últimos días en Santa Marta. Bolívar siempre se sintió traicionado; Chávez, algo de lo mismo. Es el sino de los grandes líderes.

Esta reflexión viene a cuento de lo por conocido no menos relevante a la hora de entender los momentos de transición por los que pasa Venezuela: en torno al chavismo hay una heterogeneidad de personas, ideas y formas de pensar mucho más amplia de lo que podría advertirse a simple vista. Si preguntáramos al chavismo qué es ser chavista, la respuesta sólo podría ser una: ser chavista es ser seguidor de Hugo Chávez. Así. Sin más. Porque cualquier otro detalle que se pudiera añadir rompería con el denominador común único que ahora mismo lo une.

Pero resulta que no existe un Hugo Chávez. Existe el Chávez que intentó el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992, y el Chávez, preclaro, que se percató de la necesidad de legitimar popularmente un cambio de enorme transcendencia, para lo cual habló de poder constituyente y juró por la moribunda Constitución puntofijista, ante sorpresa de propios y extraños, en su primera toma de posesión. Y el Chávez que tenía a Giddens y a la Tercera Vía como libro de cabecera, así como el que recomendaba el estudio del panfleto de autoayuda denominado Oráculo del Guerrero. El Chávez que, a partir de su victoria en el revocatorio de 2004, se refería al socialismo del siglo XXI era el mismo que se abrazaba a una cruz y a la Constitución cuando fue devuelto después del golpe de Estado de Carmona en el que, por cierto, algún papel le correspondió a Capriles Radonski.

Lo que no quiere decir, desde luego, que Chávez no tuviera algunas cosas muy claras: la voluntad de cambio a favor de los más débiles y desfavorecidos, el fin de la partidocracia y, en definitiva, la creación de una democracia de nuevo cuño. Sabía a qué se enfrentaba, y que la única forma de avanzar era con apoyo popular masivo.  En la relación entre Chávez y los venezolanos había mucho corazón: Chávez corazón del pueblo cantaban en las calles caraqueñas al son de la melodía de Kauam y Los Cadillacs durante las últimas elecciones, que ganó.

Pero una idea general de gobernar por y para el pueblo no desarrolla por sí una coherencia clara acerca de las políticas públicas necesarias para conseguir un objetivo ambiguo, especialmente en un país cuyo cáncer se llama corrupción. Y no hubo tiempo u oportunidad de construir la teoría: la necesidad del día a día fue más poderosa que la reflexión estratégica. Tampoco, quizás por lo primero, se solidificó una institucionalidad política fuerte, más allá de la que rodeaba al propio Chávez: tanto el MVR como el PSUV nunca fueron partidos de masas, sino partidos movilizadores de masas durante las contiendas electorales.

Un grupo personal heterogéneo, sin un planteamiento teórico coherente, falto de tradición de institucionalidad, y sin su líder, está condenado a perderse en las brumas de las contiendas políticas y electorales de los próximos tiempos. Salvo que se refunda desde valores revitalizados y con una organización comprometida con la hegemonía popular que Chávez representaba. Cosa que, a la vista está, no parece ser la prioridad del chavismo sin Chávez.

La realidad es ésta: Venezuela está dividida socialmente en partes casi iguales, y en estos momentos son dos posiciones políticas irreconciliables. Por un lado, la oposición irresponsable y dividida, sigue repitiendo a coro la cantaleta del fraude electoral cuando todo el mundo sabe, y ellos los primeros, que el sistema de votación electrónica venezolana es la más avanzada y transparente de América Latina y, posiblemente, del mundo.  Por otro lado, el chavismo político que, solo es cuestión de tiempo, se agrietará por sus brechas, y que está convencido de que el objetivo es mantener el poder pese a quien pese. Con ese diálogo de sordos, se avecina tormenta.

Si la oposición fuera inteligente, estaría trabajando de cara al referendo revocatorio que constitucionalmente puede darse en Venezuela dentro de tres años cuando, si lo pide la mayoría de la población en un número mayor de votos al obtenido recientemente por Maduro, obligaría al Presidente a dimitir. Si el chavismo fuera inteligente, jugaría reinventarse y crear un corpus coherente sobre el que basar su acción de gobierno, y que no debería ser otra cosa que hacer realidad la Constitución de 1999.

Si ambas partes fueran sensatas, dejarían descansar en paz a Chávez y se mirarían frente a frente. Porque, salvo que apuesten por un régimen autoritario, ambas están condenadas a entenderse.


miércoles, 6 de febrero de 2013