¿Chavismo sin Chávez?
Rubén Martínez Dalmau
Profesor de Derecho Constitucional
de la Universitat de València
Fue asesor de la Asamblea
Constituyente de Venezuela en 1999
"Juro
delante de Dios, juro delante de la patria, juro delante de mi pueblo
que
sobre esta moribunda Constitución..."
Hugo
Chávez. Toma de posesión. 2 de febrero de 1999
Los que conocen bien la trayectoria de Hugo Chávez
hacen notar la poca lealtad que le mostraron sus compañeros de viaje. Podemos
coincidir o no sobre si se rodeaba de los más capacitados, pero un vistazo
hacia atrás desde la época del Samán de Güere o del árbol de las tres raíces
hasta los momentos cercanos a su fallecimiento no habla muy bien acerca de la
capacidad de Chávez para consolidar lealtades. Compañeros de armas como Baduel
o Urdaneta protagonizaron sonoros alejamientos; Arias Cárdenas, después
redimido, se presentó como candidato contra Chávez en las elecciones
presidenciales de 2000; Miquilena, el Presidente de la Asamblea Constituyente, acabó
dándole la espalda cuando los vientos no parecían correr a favor del chavismo; el presidente de la Comisión
Constitucional, Escarrá, fue el primero en plantear una enmienda a la
Constitución cuando ésta prácticamente aún no había entrado en vigor. La lista
es larga, e incluye militares, académicos, y líderes políticos y sociales a
decenas.
Alguien que puso patas arriba el sistema y acorraló
a la partidocracia adeca y copeyana ¿podía tener tan mal ojo político? No lo
creo. O tal vez si. Chávez, en petit comité, recordaba las traiciones -Santander,
San Martín...- de las que fue objeto Bolívar, quien no vivió un momento de
tranquilidad ni durante sus últimos días en Santa Marta. Bolívar siempre se
sintió traicionado; Chávez, algo de lo mismo. Es el sino de los grandes
líderes.
Esta reflexión viene a cuento de lo por conocido no menos
relevante a la hora de entender los momentos de transición por los que pasa Venezuela:
en torno al chavismo hay una heterogeneidad
de personas, ideas y formas de pensar mucho más amplia de lo que podría advertirse
a simple vista. Si preguntáramos al chavismo
qué es ser chavista, la respuesta sólo
podría ser una: ser chavista es ser seguidor
de Hugo Chávez. Así. Sin más. Porque cualquier otro detalle que se pudiera
añadir rompería con el denominador común único que ahora mismo lo une.
Pero resulta que no existe un Hugo Chávez. Existe el
Chávez que intentó el golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992, y el Chávez,
preclaro, que se percató de la necesidad de legitimar popularmente un cambio de
enorme transcendencia, para lo cual habló de poder constituyente y juró por la moribunda
Constitución puntofijista, ante sorpresa de propios y extraños, en su primera toma
de posesión. Y el Chávez que tenía a Giddens y a la Tercera Vía como libro de
cabecera, así como el que recomendaba el estudio del panfleto de autoayuda
denominado Oráculo del Guerrero. El Chávez
que, a partir de su victoria en el revocatorio de 2004, se refería al socialismo
del siglo XXI era el mismo que se abrazaba a una cruz y a la Constitución
cuando fue devuelto después del golpe de Estado de Carmona en el que, por
cierto, algún papel le correspondió a Capriles Radonski.
Lo que no quiere decir, desde luego, que Chávez no
tuviera algunas cosas muy claras: la voluntad de cambio a favor de los más
débiles y desfavorecidos, el fin de la partidocracia y, en definitiva, la
creación de una democracia de nuevo cuño. Sabía a qué se enfrentaba, y que la única
forma de avanzar era con apoyo popular masivo. En la relación entre
Chávez y los venezolanos había mucho corazón: Chávez corazón del pueblo cantaban en las calles caraqueñas al son
de la melodía de Kauam y Los Cadillacs durante las últimas elecciones, que ganó.
Pero una idea general de gobernar por y para el
pueblo no desarrolla por sí una coherencia clara acerca de las políticas
públicas necesarias para conseguir un objetivo ambiguo, especialmente en un
país cuyo cáncer se llama corrupción. Y no hubo tiempo u oportunidad de
construir la teoría: la necesidad del día a día fue más poderosa que la
reflexión estratégica. Tampoco, quizás por lo primero, se solidificó una
institucionalidad política fuerte, más allá de la que rodeaba al propio Chávez:
tanto el MVR como el PSUV nunca fueron partidos de masas, sino partidos
movilizadores de masas durante las contiendas electorales.
Un grupo personal heterogéneo, sin un planteamiento
teórico coherente, falto de tradición de institucionalidad, y sin su líder, está
condenado a perderse en las brumas de las contiendas políticas y electorales de
los próximos tiempos. Salvo que se refunda desde valores revitalizados y con
una organización comprometida con la hegemonía popular que Chávez representaba.
Cosa que, a la vista está, no parece ser la prioridad del chavismo sin Chávez.
La realidad es ésta: Venezuela está dividida
socialmente en partes casi iguales, y en estos momentos son dos posiciones políticas
irreconciliables. Por un lado, la oposición irresponsable y dividida, sigue
repitiendo a coro la cantaleta del fraude electoral cuando todo el mundo sabe,
y ellos los primeros, que el sistema de votación electrónica venezolana es la
más avanzada y transparente de América Latina y, posiblemente, del mundo. Por otro lado, el chavismo político que, solo
es cuestión de tiempo, se agrietará por sus brechas, y que está convencido de
que el objetivo es mantener el poder pese a quien pese. Con ese diálogo de
sordos, se avecina tormenta.
Si la oposición fuera inteligente, estaría
trabajando de cara al referendo revocatorio que constitucionalmente puede darse
en Venezuela dentro de tres años cuando, si lo pide la mayoría de la población en
un número mayor de votos al obtenido recientemente por Maduro, obligaría al Presidente
a dimitir. Si el chavismo fuera inteligente, jugaría reinventarse y crear un
corpus coherente sobre el que basar su acción de gobierno, y que no debería ser
otra cosa que hacer realidad la Constitución de 1999.
Si ambas partes fueran sensatas, dejarían descansar en
paz a Chávez y se mirarían frente a frente. Porque, salvo que apuesten por un
régimen autoritario, ambas están condenadas a entenderse.

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